· Por Eduardo Ángel Montes Martínez
Apología de la destrucción artística
Un generador de imágenes que imita el estilo de Estudio Ghibli reabre tres preguntas: qué pasa con el empleo, a quién pertenece la autoría y cómo se protege la propiedad intelectual.
En la carrera por mostrar los alcances disruptivos de la inteligencia artificial, OpenAI, la compañía detrás de ChatGPT, lanzó a finales de marzo su modelo generador de imágenes.
Si bien ya existían otros creadores de imágenes con el uso de la misma tecnología, la conversación sobre la amenaza que esta representa para las industrias creativas, tanto en materia de desaparición de empleos como en la de violación de derechos de autor, se vio reavivada cuando se descubrió que dicho generador de imágenes podía replicar el estilo creativo vinculado a Estudio Ghibli, compañía japonesa que, contrario a los demás competidores en el mercado de animación cinematográfica, prioriza la creación artística en su forma más orgánica.
Lo que por encima se ve como una tendencia del momento en redes sociales es una apología de la destrucción creativa, que nuevamente alerta sobre la automatización y desaparición de trabajos en los que, hasta hace poco, utilizaban la tecnología de manera accesoria.
El tamaño de la amenaza está determinado en la medida en que el mercado decida tener como eje rector al avance de la inteligencia artificial por encima de la estabilidad laboral y el respeto a las creaciones artísticas, pero como ha quedado demostrado en otras industrias, la conveniencia que la tecnología ha representado para el capitalismo ha resultado sumamente atractiva, y sus consecuencias son cada día más visibles.
¿Nos detenemos a realizar el apropiado análisis ético de lo que representa en términos de empleabilidad de la mano de obra que ya se encuentra en el mercado y de la que se encuentra preparándose en las universidades?
Ante este panorama económico, se tendrá que buscar replantear los programas académicos a una mayor velocidad, so pena de que dicha mano de obra, al egresar, ya se encuentre en la obsolescencia que no le permita ser contratable.
Por otra parte, está el valor intrínseco de la creación artística, la cual, si dejamos en manos de esta novedosa tecnología, ¿a quién debería atribuirse la autoría: al que, en uso de estos avances, planteó una idea y esta le arrojó como resultado una obra, o al propietario de esta tecnología que permitió la generación de una obra en lapsos de tiempo ridículamente cortos?
En términos legales: ¿qué mecanismos de protección de la propiedad intelectual serán los idóneos para evitar la explotación de una creación artística por parte de terceros? Esta última pregunta le fue contestada a Estudio Ghibli en días pasados, y la respuesta no fue nada alentadora.
La generación de imágenes que emulan su trabajo puede lograrse, mediante la última actualización de ChatGPT, de manera tramposa, omitiendo la mención del nombre del Estudio o de su principal creador, Hayao Miyazaki, quien ya había manifestado su desprecio por el uso de la tecnología para la creación de animación previo al acceso público del generador que ya permite explotar su obra, y reconoció que, en lo que a su trabajo respecta, es inminente su destrucción ante un avance artificial que, si bien replica un estilo, carece del valor creativo que le da su vinculación a un artista al no provenir directamente de este.
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